La antropología peruana desde un prisma anarquista
El antropólogo colombiano Eduardo Restrepo acaba de publicar un sugerente artículo titulado “Teoría social, metodologías en fuga y materialidades en el establecimiento académico: Apuntes desde un prisma anarquista” en el último número de la revista Tabula Rasa. En este texto, desde las primeras líneas, Restrepo reclama una tendencia en las ciencias sociales que consiste en formular preguntas y producir respuestas que repiten mucho de lo que ya sabemos. Es como si existiera una economía del saber que favoreciera la producción de ciertos conocimientos que sintonizan mejor con determinados órdenes, jerarquías y tendencias.
Para Restrepo, el anarquismo puede ayudarnos a escapar de esa suerte de “miseria de la imaginación teórica”, invitándonos a reimaginar otras formas de hacer investigación social. Entre los aspectos que destaco está su crítica al “monopolio interpretativo” que ha adquirido el estado, el cual puede llevar a que, incluso cuando lo criticamos, lo hagamos desde sus propias categorías y marcos de referencia. Frente a ello, Restrepo apuesta por una perspectiva anarquista que rompa con esa “estadolatría”. Sin dejar de reconocer la importancia empírica del estado, Restrepo apuesta por unas ciencias sociales abiertas a explorar formas emergentes de organización social que desbordan y erosionan lo estatal.
Restrepo subraya dos principios anarquistas que trasladan esa crítica anarquista al campo metodológico: la autonomía y la autogestión. La autonomía supone una práctica mediante la cual las personas, en asociación voluntaria con otras, adquieren capacidad de decisión sobre sus propias condiciones de existencia. Por su parte, la autogestión es una de las maneras en que esa autonomía se materializa, mediante la gestión directa y colectiva de los medios y condiciones necesarios para reproducir la vida, cuestionando con ello la separación entre quienes deciden y quienes obedecen. Las “metodologías en fuga” traducen esos principios anarquistas en horizontes metodológicos potentes.
Para Restrepo, los diseños metodológicos no son dispositivos neutrales; más bien, condicionan qué problemas pueden formularse y qué procedimientos se reconocen como legítimos para abordarlos. Las “metodologías en fuga” que él propone son prácticas de investigación que escapan de los estándares metodológicos. Son prácticas de investigación flexibles, críticas y situadas. Surgen al margen de las lógicas de financiamiento, validación y utilidad que atraviesan la academia y las estructuras institucionales que organizan el conocimiento. Las metodologías en fuga, por ejemplo, cuestionan los diseños de investigación lineales y cerrados; esos que parten —disciplinadamente— con la formulación de una pregunta, continúan con la aplicación de ciertos protocolos metodológicos y terminan con el hallazgo de resultados. Una investigación “en fuga” debería conservar la posibilidad de transformarse ante aquello que encuentra, dejando espacio para problemas, prácticas y saberes que no necesariamente siguen el orden ni la lógica de los manuales.
El Proyecto Reensamblando la Antropología no está inspirado en el anarquismo, pero sí sintoniza con algunas de sus inquietudes y preocupaciones. Las conversaciones realizadas hasta la fecha como parte del proyecto nos invitan a pensar que una parte importante de la formación y la investigación antropológicas en Perú ya se desarrollan —al menos parcialmente— al margen de las estructuras universitarias y de la influencia estatal. En un escenario marcado por restricciones económicas y profundas desigualdades, muchos jóvenes antropólogxs desarrollan sus investigaciones inspirándose en sus experiencias profesionales no académicas, recurriendo a recursos autogestionados o apoyándose en redes personales u otras formas de cooperación. En la práctica y a su modo, estas formas marginales de hacer antropología cuestionan —a veces sin proponérselo— los modos más convencionales de producir conocimiento.
La conversación con Yhon León-Chinchilla resulta particularmente ilustrativa. Yhon señala que su formación en antropología en la Universidad Nacional del Centro del Perú —lejos de los espacios académicos de la capital— estuvo marcada por la falta de recursos para la investigación y por la baja calidad de los docentes. En estas condiciones, los “círculos de estudios” emergieron como espacios de formación autogestionados entre estudiantes, con los que se intentó compensar la formación universitaria recibida. La entrevista a Pável Aguilar también hace notar la emergencia de iniciativas críticas y redes alternativas de investigación que surgen lejos del centralismo académico peruano. Desde la lectura anarquista de Restrepo, estos espacios pueden entenderse como prácticas concretas de relativa autonomía y autogestión —aunque no necesariamente anarquistas— que ya se están desarrollando por necesidad.
Las conversaciones con Ginno Martínez y Nicolle Silva permiten llevar esta reflexión en otra dirección. Sus experiencias profesionales en el campo rural generaron en ellos conocimientos, inquietudes y preguntas que posteriormente dieron forma a sus investigaciones de licenciatura. En medio de urgencias y compromisos profesionales, ambos convirtieron sus experiencias laborales en una forma de trabajo etnográfico que, al mismo tiempo, les permitió sortear las limitaciones de tiempo y recursos derivadas de la falta de respaldo y apoyo económico de sus universidades. Aunque estas experiencias se desarrollaron dentro de estructuras corporativas que no deben soslayarse, vistas desde la propuesta de las “metodologías en fuga”, permiten formular otra pregunta: ¿hasta qué punto la investigación antropológica necesita seguir la secuencia convencional que parte de una pregunta de investigación, continúa con un diseño metodológico, para luego proseguir con el trabajo de campo y, finalmente, con la redacción? Las trayectorias de Ginno y Nicolle sugieren prácticas menos lineales y mucho más flexibles y borrosas. En ciertos contextos, el trabajo de campo puede preceder al diseño del proyecto y el conocimiento puede comenzar a producirse —y a tomar forma más de lo que podríamos imaginar—mucho antes de ser reconocido formalmente como “investigación”.
La precariedad no debe romantizarse, pero tampoco analizarse exclusivamente desde la carencia. Las limitaciones materiales pueden excluir, desgastar y reproducir profundas desigualdades académicas. Sin embargo, reducir las academias “periféricas” a aquello que les falta corre el riesgo de invisibilizar las prácticas mediante las cuales quienes las habitan sostienen su trabajo intelectual en esas condiciones. Así, las experiencias recogidas en este proyecto sugieren que lxs investigadorxs peruanxs ya vienen asumiendo cierto control sobre sus propias formas de hacer investigación social. Frente a las limitaciones y adversidades, desarrollan prácticas de relativa autonomía y autogestión mediante las cuales movilizan sus propios recursos, construyen redes de colaboración y solidaridad y crean las condiciones necesarias para sostener sus investigaciones. En ese sentido, la autonomía y la autogestión no aparecen necesariamente como principios formulados de antemano, sino como prácticas que emergen de la necesidad misma de investigar. Esto no significa, por supuesto, que estas prácticas sean necesariamente anarquistas, ni que quienes las realizan se reconozcan dentro de esa tradición. El prisma anarquista nos ofrece aquí un lenguaje analítico para reconocer prácticas de autonomía y autogestión que ya existen sin haber sido concebidas como tales.
Tal vez las “metodologías en fuga” de Restrepo ya se encuentren desplegándose por allí… no necesariamente formuladas como programas teóricos, sino ensayadas cotidianamente por quienes necesitan inventar otras maneras de investigar entre la carencia y el compromiso.
Luis Meléndez



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